domingo, 23 de diciembre de 2018

El tambor

Así no hay forma de  dormir al  Niño   ;O)











sábado, 22 de diciembre de 2018

Navidad J L Martín Descalzo

ANTE EL MISTERIO DE NAVIDAD
1. Asombro y ternura
Dos palabras me parecen inevitables siempre que se habla de la Navidad: asombro y locura. Asombro por parte de nosotros, los creyentes. Locura, por parte de Dios. Dos palabras que van más allá de la simple ternura.
Porque tal vez hayamos reblandecido la Navidad a base de ternurismos. La sonrisa, la ingenuidad, la ternura, son partes inevitables de la Navidad. Pero la Navidad, que es eso, es también mucho más. Buenos son los turrones, los champagnes, las serpentinas y los nacimientos. Buenos, siempre que no se queden en frivolidad superficial y en simple ternurismo.
Porque la Navidad es un tiempo dulcísimo, pero también tremendo, como tremendo es eso de que Dios se haga uno entre nosotros, que Dios haya querido no sólo parecerse, sino ser también un bebé.
Hay un verso de Góngora que a mí me impresiona siempre y en el que el poeta defiende que el día de Belén es más importante que el del Calvario, porque, dice el poeta: «hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto».
Efectivamente, el gran salto de Dios se produjo en Belén, su gran descenso hacia nosotros. Y nuestra gran subida. Porque «si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser». Por eso decía al principio que la gran locura de Dios se produjo este día en el que se atrevió a hacerse tan pequeño como una de sus criaturas. Locura a la que los hombres deberíamos responder con ese asombro interminable de quienes vivieron casi asustados de la tremenda bondad de Dios.
De ahí que la mejor manera de celebrar la Navidad sea volverse niños. A la locura de Dios los hombres sólo podemos responder con un poco de esa locura bendita y pequeña que es hacernos niños. Al portal de Belén sólo se puede llegar de dos maneras: o teniendo la pureza de los niños, o la humildad de quienes se atreven a inclinarse ante Dios. Es lógico, por lo demás: Si Dios se hizo pequeñito para llegar hasta nosotros, ¿cómo podríamos llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeñitos?
2. Amor del Dios cercano
¿Qué es verdaderamente la Navidad para nosotros, los cristianos? Tal vez ustedes me respondan que son los días de la ternura, de la alegría, de la familia. Pero yo, entonces, volvería a preguntarles: ¿Por qué en estos días nuestra alma se alegra, por qué se llena de ternura nuestro corazón? La respuesta la sabemos todos, aunque con frecuencia no la vivamos.
Yo diría que la Navidad es la prueba, repetida todos los años, de dos realidades formidables: que Dios está cerca de nosotros, y que nos ama.
Nuestro mundo moderno no es precisamente el más capacitado para entender esta cercanía de Dios. Decimos tantas veces que Dios está lejos, que nos ha abandonado, que nos sentimos solos... Parece que Dios fuera un padre que se marchó a los cielos y que vive allí muy bien, mientras sus hijos sangran en la tierra.
Pero la Navidad demuestra que eso no es cierto. Al contrario. El verdadero Dios no es alguien tonante y lejano, perdido en su propia grandeza, despreocupado del abandono de sus hijos. Es alguien que abandonó él mismo los cielos para estar entre nosotros, ser como nosotros, vivir como nosotros, sufrir y morir como nosotros. Éste es el Dios de los cristianos. No alguien que de puro grande no nos quepa en nuestro corazón. Sino alguien que se hizo pequeño para poder estar entre nosotros. Éste es el mismo centro de nuestra fe.
¿Y por qué bajó de los cielos? Porque nos ama. Todo el que ama quiere estar cerca de la persona amada. Si pudiera no se alejaría ni un momento de ella. Viaja, si es necesario, para estar con ella. Quiere vivir en su misma casa, lo más cerca posible. Así Dios. Siendo, como es, el infinitamente otro, quiso ser el infinitamente nuestro. Siendo la omnipotencia, compartió nuestra debilidad. Siendo el eterno, se hizo temporal.
Y, si esto es así, ¿por qué los hombres no percibimos su presencia, por qué no sentimos su amor? Porque no estamos lo suficientemente atentos y despiertos. ¿Se han dado ustedes cuenta de que con los fenómenos de la naturaleza nos ocurre algo parecido? Oímos el trueno, la tormenta. Llegamos a escuchar la lluvia y el aguacero. Pero la nieve sólo se percibe si uno se asoma a la ventana. Cae la nieve sobre el mundo y es silenciosa, callada, como el amor de Dios. Y nadie negará la caída de la nieve porque no la haya oído.
Así ocurre con el amor de Dios: que cae incesantemente sobre el mundo sin que lo escuchemos, sin que lo percibamos. Hay que abrir mucho los ojos del alma para enterarse. Porque, efectivamente, como dice un salmo «la misericordia de Dios llena la tierra», cubre las almas con su incesante nevada de amor.
Navidad es la gran prueba. En estos días ese amor de Dios se hace visible en un portal. Ojalá se haga también visible en nuestras almas. Ojalá en estos días la nevada de Dios, la paz de Dios, la ternura de Dios, la alegría de Dios, descienda sobre todos nosotros como descendió hace dos mil años sobre un pesebre en la ciudad de Belén.
Pues bien: la Navidad es como el tiempo en el que esa misericordia de Dios se reduplica sobre el mundo y sobre nuestras cabezas. Es como si, al darnos a su Hijo, nos amase el doble que de ordinario. Durante estos días de Navidad, todos los que tienen los ojos bien abiertos se vuelven más niños porque es como si fuesen redobladamente hijos y como si Dios fuera en estos días el doble de Padre.
Pero ¿cuántos se dan cuenta de ello? ¿Cuántos están tan distraídos con las fiestas familiares que en estos días no se acuerdan de su alma?... Por eso yo quisiera invitarles, amigos míos, a abrir sus ventanas y sus ojos, a descubrir la maravilla de que Dios nos ama tanto que se vuelva uno de nosotros. Y que vivan ustedes estos días de asombro en asombro. Que se hagan ustedes las grandes preguntas que hay que hacerse estos días y que descubran que cada respuesta es más asombrosa que la anterior.
La primera pregunta es:
¿Qué pasa realmente estos días? Y la respuesta es que Alguien muy importante viene a visitarnos.
¿Quién es el que viene? Nada menos que el Creador del mundo, el autor de las estrellas y de toda carne.
¿Y cómo viene? Viene hecho carne, hecho pobreza, convertido en un bebé como los nuestros.
¿A qué viene? Viene a salvarnos, a devolvernos la alegría, a darnos nuevas razones para vivir y para esperar.
¿Para quién viene? Viene para todos, viene para el pueblo, para los más humildes, para cuantos quieran abrirle el corazón.
¿En qué lugar viene? En el más humilde y sencillo de la tierra, en aquél donde menos se le podía esperar.
¿Y por qué viene? Sólo por una razón: porque nos ama, porque quiere estar con nosotros.
Y la última pregunta, tal vez la más dolorosa:
¿Y cuáles serán los resultados de su venida? Los que nosotros queramos. Pasará a nuestro lado si no sabemos verle. Crecerá dentro de nosotros si le acogemos.
Dejad, amigos míos, que crezcan estas preguntas dentro de vuestro corazón y sentiréis deseos de llorar de alegría. Y descubriréis que no hay gozo mayor que el de sabernos amados, cuando quien nos ama —iy tanto!— es nada menos que el mismo Dios.
3. Alegría sin nostalgias
El mensaje en Navidad no puede ser otro que éste: Alegría, alegría, alegría.
    • Alegría para los niños que acaban de nacer, y para los ancianos que en estos días se preguntan si llegarán a las navidades del año que viene.
    • Alegría para los que tienen esperanza y para los que ya la han perdido.
    • Alegría para los abandonados por todos y para las monjas de clausura que estas noches bailarán como si se hubieran vuelto repentinamente locas.
    • Alegría para las madres de familia que en estos días estarán más cansadas de lo habitual y para esos hombres que a lo mejor en estos días se olvidan un poquito de ganar dinero y descubren que hay cosas mejores en el mundo.
    • ¡Alegría, alegría para todos!
    • Alegría, porque Dios se ha vuelto loco y ha plantado su tienda en medio de nosotros.
    • Alegría, porque Él, en Navidad, trae alegría suficiente para todos.
Con frecuencia oigo a algunos amigos que me dicen que a ellos no les gusta la Navidad, que la Navidad les pone tristes. Y, mirada la cosa con ojos humanos, lo entiendo un poco. La Navidad es el tiempo de la ternura y la familia y, desgraciadamente, todos los que tenemos una cierta edad, vemos cómo en estos días sube a los recuerdos la imagen de los seres queridos que se fueron. Uno recuerda las navidades que pasó con sus padres, con sus hermanos, con los que se fueron, y parece que dolieran más esos huecos que hay en la mesa familiar.
Sin embargo, creo que mirando la Navidad con ojos cristianos son infinitamente más las razones para la alegría que esos rastros de tristeza que se nos meten por las rendijas del corazón. Por de pronto en Navidad descubrimos más que en otras épocas del año que Dios nos ama.
La verdad es que para descubrir ese amor de Dios hacia nosotros en cualquier fecha del año basta con tener los ojos limpios y el corazón abierto. Pero también es verdad que en Navidad el amor de Dios se vuelve tan apabullante que haría falta muchísima ceguera para no descubrirlo. Y es que en Navidad Dios deja la inmensidad de su gloria y se hace bebé para estar cerca de nosotros.
Se ha dicho que los hombres podemos admirar y adorar las cosas grandes, pero que amarlas, lo que se dice amarlas, sólo podemos amar aquello que podemos abrazar. Por eso al Dios de los cielos podemos adorarle, al pequeño Dios de Belén nos es fácil amarle, porque nos muestra lo mejor que Dios tiene, su pequeñez, su capacidad de hacerse pequeño por amor a los pequeños.
Y éste sí que es un motivo de alegría: un Dios hermano nuestro, un Dios digerible, un Dios vuelto calderilla, un hermoso tipo de Dios que los hombres nunca hubiéramos podido imaginar si Él mismo no nos lo hubiera revelado y descubierto. Y si en Navidad descubrimos que Dios nos ama y que podemos amarle, podemos también descubrir cómo podemos amarnos los unos a los otros.
Lo mejor de la Navidad es que en esos días todos nos volvemos un poco niños y, consiguientemente, se nos limpian a todos los ojos. Durante el resto del año todos miramos con los ojos cubiertos por las telarañas del egoísmo. Nuestros prójimos se vuelven nuestros competidores. Y vemos en ellos, no al hermano, sino al enemigo potencial o real.
Pero ¿quién es capaz de odiar en Navidad? Habría que tener muy corrompido el corazón para hacerlo. La Navidad nos achica, nos quita nuestras falsas importancias y, por lo mismo, nos acerca a los demás. ¿Y qué mayor alegría que redescubrir juntos la fraternidad?
Por eso, amigos míos, déjenme que les pida que en estos días no se refugien ustedes en la nostalgia. No miren hacia atrás. Contemplen el presente. Descubran que a su lado hay gente que les ama y que necesita su amor. Si lo hacen, el amor de Dios no será inútil. Y también en sus corazones será Navidad.
Por José Luis Martín Descalzo

Días grandes de Jesús, EDIBESA

lunes, 10 de septiembre de 2018

Mamá, no lo encuentro.

Mamá, que no encuentro el jersey azul
Mamá , ¿no quedan yogures ?
Mamá, ¿tienes celo?
Mamá. ¿has visto mi movil ?
Mamá, no encuentro las tijeras
Mamá, ¿y el mando de la tele?

Mamá , me dejas tus llaves? No sé donde he puesto las mías
Mamá, se me ha roto el bolso ¿Cómo lo arreglo?
Mamá, ¿tienes la receta del pastel de limón?
Mamá , ¿Cómo quito esta mancha? No hay forma de que desaparezca
Mamá, ¿dónde aparco?

y mamá,
todo lo encuentra,
todo lo tiene,
todo lo sabe,
todo lo soluciona


Mamá sonríe y te encuentra. 



Mamá, que no encuentro al Señor...

domingo, 10 de junio de 2018

Cumpleaños feliz.

Mi regalo escondido del domingo

Primer domingo después de que finalicen las clases de catequesis... ¿cuantos niños vendrán hoy a Misa? ¿vendran los que hicieron la Primera Comunión el domingo pasado?
Cruzo la calle y me dirijo a  la puerta  lateral de la parroquia, por donde entran los niños Saludo al señor que se sienta al lado de la puerta, saludando a la gente, pidiendo dinero y a veces cantando cuando depositan dinero en su vaso.  entro con tanta prisa que cuando me dice que es su cumpleaños, ya estoy dentro.
Vuelvo a salir para felicitarle. Está contento, casi orgulloso de celebrar su aniversario.  No me da tiempo de preguntarle cuantos cumple; llegan seis jóvenes, dos chicas y cuatro chicos . Rondan los 27 años, y parecen vivir con pocos recursos y muy al día. La morena se acerca a felicitarle. "Papa, feliz cumpleaños¡¡"
De los seis, las dos chicas y uno de los chicos son tres de sus ochos hijos. Los otros tres jóvenes, supongo que son amigos. Hablan entre ellos, hablan con el homenajeado, miran hacia arriba, hablan conmigo....
Al padre se le ilumina la cara. Está contento de celebrar su cumpleaños.
Se queja porque los otros hijos no han venido, pero aunque intenta demostrar tristeza,  su cara reluce alegría  A la mayor, dice , la bautizaron en esta iglesia.
Les pregunto el nombre.  Cayetana, Sonsoles... Se rien cuando les digo que tienen nombres muy bonitos. 
- Dice papá que los nombres fueron idea de un vagabundo
Todos rien
Cayetana se arranca y empiezan a cantarle feliz cumpleaños.
Solo uno de los amigos canta.
Al final, aplauso.
Sonso propone ir a buscar un pastelito. Caye dice que ella no va, que se pierde por esas calles. Deciden ir las dos
Les dejo, tengo que ir a preparar los bancos de los chicos.

Cuantos hijos no recuerdan felicitar a su padre el día del cumpleaños.
Estos tres hermanos han quedado un domingo a mediodía, para ir a ver al padre, sentado en la calle, y felicitarle por su cumpleaños.



lunes, 2 de abril de 2018

Cuenta atrás

Despertar  y saber que está .
En cualquier momento, a  la vuelta de una hora,  aparecerá .
Empieza la cuenta atrás.


viernes, 30 de marzo de 2018

No es posible

No es posible. La mentira ha alcanzado su máximo poder
Sin Él, no existimos; y  lo condenamos a muerte
No huye, no nos abandona
Enamorado, aguanta firme Decide quedarse


No agarra la cruz, no aguanta su peso
Él la abraza. Como una madre agarra la cuerda que salvará a su hijo
La piel repleta de heridas, vuelve a ser rasgada por la madera
El la abraza


Tropieza, intenta mantenerse en pie, pero cae.
y sobre el cae la cruz.
Y sobre la cruz las risas
Se levanta

 

jueves, 29 de marzo de 2018

La noche llega

Se acerca la noche. Se acerca y no se como pararla.  Y no sé si quiero pararla.
 La noche de la libertad, y del mayor sufrimiento.
La noche en la que el amor se solidifica,  se hace carne y sangre

Puse un cerrojo, y un candado y varias vigas en esa puerta  que lleva a la libertad, a la verdad, a la vida.
Y ahora no hay forma de abrirla.

Alguien quiso dejarse la vida para quitar todos los cerrojos que la bloquean. Para darme acceso a la vida. Para poder estar conmigo. Para curar mis heridas

Se acerca la noche. El luchará y recibirá heridas. Tomó cuerpo para no dejarme sola Y ese cuerpo acepta ahora sentir los dolores más intensos, para curar las heridas que yo sola me he hecho.

Me conoce. Él sabe de mi lado negro.
No quise creer que Él era el más sabio, el que conocía el camino. Me fuí por el sendero que destruía mis pies.  Alimenté a los perros que van a morderle; me dijeron que no lo hiciera, pero yo me creí el más listo, y  los hice fuertes. Afilé los clavos, puse piedras en su camino, distraje al obrero .. y quedaron astillas en el madero. Lo hice y  ahora por abrirme el cielo, sentirá el dolor más intenso
No cuidé de su Madre ni de los más pequeños.

Me conoce, El lo sabe Me mira y no se acuerda Me quiere en el cielo  y sigue andando con mi madero.

Noche larga y oscura. Sobretodo muy muy larga, empapada de sufrimiento

domingo, 31 de diciembre de 2017

Veinte años después 8

Han pasado veinte años
Había olvidado ese día
Pero hoy al veros, he recordado.
Señor, ibas andando con tu Madre
yo os seguía
Te has vuelto y me has tendido la mano
Hemos hablado un rato.

He salido de la posada, cansada, hecha un deshecho
Lo que dicen los del pueblo de mi, todo lo malo, es cierto
Me arrastraba pensando que esa era mi identidad y mi esencia


Después de hablar con el Señor y su Madre
he vuelto siendo más yo
y menos lo que decían los del pueblo

sábado, 30 de diciembre de 2017

Veinte años después 7


Tras un rato de silencio, Nico se arranca a hablar

Lo siento
Siento no haber confiado en Dios,
haberle echado la culpa de mis desgracias.
¿ Por qué habré infravalorado al que lo puede todo'
Desprecié  su poder
Pero al verlo tan pequeño,
ahora sé que Él es el más grande.

Veinte años después 6


Habló Juan, el del mal genio

Sois vos, el que esperaba;
el único que que puede trocar el mal que he hecho
Estoy repleto de lágrimas, y llanto
la angustia  me tortura  cada noche
ni una he podido dormir tranquilo
Por la mañana el dolor me acompaña,
el miedo me ahoga al mediodía
Todo cubierto por una mascara
que no deja que salga el veneno
y permite que me pudra por dentro.
Solo Vos podéis despejar el camino
Reconstruir mi alma




viernes, 29 de diciembre de 2017

Veinte años después 5

Esa noche, con el Niño en brazos, levanté la mirada buscando  a María. Ella estaba arrodillada a mi lado, junto al Niño. Rezando.
Tio Pedro, mi padre y los pastores, un  poco más lejos, también se habían arrodillado.
El corazón del pequeño latía con fuerza. Los ojillos le brillaban con la ilusión del niño que ha conseguido el regalo que anhelaba

Manolo, el pastor más lento, se arrancó a hablar

Eres Tú el que esperaba
La claridad  que decían que existía
 pero yo decía que sería imposible ver
Yo soy el tonto. El que no tiene sentido.
El que da disgustos y trabajos
El despojo, el que cansa,
el que va consumiendo la paciencia de todos
El olvidado del cielo , decían.
Pero Tu no has querido dejarme solo
Has venido a defenderme
Porque soy de Dios, el pequeño de sus ojos
El centro de Su corazón

jueves, 28 de diciembre de 2017

Veinte años después 4

Cuando tuve al Pequeño entre mis brazos, cerré los ojos.  Sentí que había encontrado mi casa. Mis brazos y mi regazo se sentían  en pleno funcionamiento. Mi boca cantando canciones, mi oído atento a su respiración. .. Mi sitio estaba allí, sentada entre pajas , en medio del campo, cansada y casi sin abrigo en la noche fría, pero  con Él entre mis brazos.
Fijé mis ojos en  los ojos del Niño Ya no pude despegar mi mirada.
Olvidé las noches de llanto, las preguntas llenas de insultos de los otros niños, la soledad que apareció al desaparecer mamá, las rabietas con los que castigaba a padre por no haber sabido retenerla, la amargura que quedaba al fondo de mi alma. Ira, rabia, dolor .....Todo, absolutamente todo eso, El lo estaba sanando. Me sentía libre, en paz, satisfecha. Y sobretodo muy muy muy feliz.

Pasaron los años. A los dos meses de cumplir los trece, falleció padre Me fui a vivir con los abuelos. A los quince, volviendo de la fuente, una vecina me dijo que mi madre había muerto. Pensaba que había fallecido hacía años,  pero ella me dijo que no, apenas hacía una semana que había muerto. Y siguió contándome: mi madre se fue del pueblo, dejándonos a mi padre y a mi.  Abandonando a su única hija, a mi. Mi padre decidió evitarme el dolor,  decirme que había muerto.
Ese día me acabé de romper por dentro. Nadie, ni siquiera mi propia madre, me había querido.

Si hubiera podido recordar la expresión feliz del Niño, deseando que lo acunara en mis brazos. La  mirada sobrecogedora, impresionante;  conmovedora, Si hubiera retenido por siempre en mi cabeza ese momento, entonces nunca nada ni nadie me habría podido hacer  ni el menor daño.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Veinte años después 3

José fue  el que nos dio entrada en la gruta y en la  Familia. Cuando me vio , no me trato como una cría, ni me dio ordenes como hacían el resto. Él no. Me preguntó si quería ver al Niño , y como yo dudaba, me animó a avanzar hacia él. Tropecé, me caí Él me dio la mano para levantarme y seguir avanzando. No me alzó en brazos, como hacía papá cuando olvidaba que ya era mayor.
Allí, estaba Ella. Ella y el Bebé.  Nunca vi en nadie más ese cruce de miradas. Ella se desvivía por El. Lo recogía en sus brazos, y le cantaba. No podía respirar sin El.

Era el Bebé más especial del mundo. No se parecía a los otros...Sus manitos, los deditos de los pies, las orejillas... todo era más delicado, y a la vez más fuerte. Era como si todos los bebes que conocía, fueran copias no muy perfectas de ese Niño. José me animo a sentarme para poder cogerlo entre mis brazos, Me buscó un sitio y cuando me vio segura, avisó a María.

Me daba miedo... pensé que podría hacerle daño... a El y a Ella. Ella parecía tan unida a su Bebé , que al separarlos imaginé que ella dejaría de respirar, de sentir. Yo había perdido a mamá, y no quería que el bebé perdiera a la suya. Así que pensé en decirle a José que no era buena idea, el Niño dormía, no había porque molestarle.

Pero Ella, fue Ella quien se acercó y me puso al Niño entre los brazos. Mi plan era fijarme en su cara, y devolverle el Niño en cuanto María se empezara a poner  morada o pálida.  María con mucho cuidado lo levantó. Al separar su cabecita de su pecho, su brazo empezó muy suavemente a estremecerse. Al dejarlo en mi regazo  y alejar el brazo y la  mano de su cuerpecito, su labio temblaba.   La miré preocupada; y Ella me  sonrió y asintió con la cabeza murmurando " haz lo que El diga" , fijando en el su mirada. En ese momento el Niño abrió los ojos, y la miro.... No se que le dijo con esa mirada, pero la cara de ella, en vez de volverse morada , resplandeció.  Me pareció que era un regalo del Niño a Ella, un momento de ellos, y que no tenía que mirarla


martes, 26 de diciembre de 2017

Veinte años después 2

Recordaba. Y al recordar mi corazón que estaba agotado, ha vuelto a latir con fuerza. Al veros  vivir , ha renacido en mi la  esperanza,  las ilusiones. Yo os he seguido   Y la vida ha vuelto a llenarme;  la luz ha vuelto a fijarse en mis ojos.  La emoción llenaba mi alma.  Y no podía dejar de miraros.

Esa noche, hace veinte años, yo no tenía sueño. Pero todos dormían. Me levanté, me acosté, me volví a levantar. No me dejaban alejarme ni despertarles. Decían que era muy niña, aunque mis ocho  años a mi me parecían  una eternidad  Antes dormía siempre en casa, pero al morir mamá, padre no quiso separarse de mi ni  un día, y me llevaba a dormir con él al campo, con los otros pastores y las ovejas, a pesar de las quejas de mi abuela .

Vi la luz, los  ángeles, a tío Pedro despertarse y despertar a padre y al resto. Los escuche hablar,   discutir, decidir, opinar... hasta que tío Pedro se plantó y proclamó bien alto dijo que él iría a buscar al niño, que se uniera quien quisiera.... Se levantó y arrancó a andar. Detrás padre, y yo de su mano. Detrás siguieron el resto de los pastores.

Recuerdo  llegar, y esperar lejos del portal, mientras papa y tío Pedro se adelantaban para hablar con ese señor que cuidaba de la Madre y el Niño. José se llamaba,. Se convirtió en amigo de la familia. Aun guardo  unas cucharas de madera con unos corderitos tallados en los extremos, que nos regaló antes de irse de Belén



domingo, 24 de diciembre de 2017

Veinte años después 1

Hoy, veinte años después, os he vuelto a ver

Con el corazón agarrotado y  la mirada cerrada;  aun así, os he vuelto a ver

Tu Madre llevaba un pequeña tinaja con agua. Tú, un paquete que  parecía pesado, aunque lo alzabas como si no costara nada. Ibais hablando , en conversación animada

Ella ha tropezado, ha estado a punto de caer. La has agarrado del brazo y ha recuperado el equilibrio, apenas tres gotas han caído de la tinaja.

Yo ya no tenía alma, ni fuerzas... Al veros, no entiendo como, la memoria se ha puesto en marcha
Entonces  tú eras un bebé y ella una joven que sin dejar de ser una  niña, aprendía a ser mamá

Tu mano sosteniendo con fuerza su brazo, la  sonrisa de tu Madre, la caricia casi invisible al ponerse en pie .... Exactamente los mismos gestos de complicidad y expectación que hace 20 años Con la misma fuerza que teníais esa noche en la que todo empezaba y afrontabais sin miedo, con confianza e ilusión la misteriosa aventura que se os presentaba

Por el camino os habéis cruzado con una viuda. Los dos habéis saludado a la vez . Yo os seguía